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15
abr

Relatos Eroticos – Sexo con una extraterrestre

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DAMELO TODO – TODO !!!! TU SEXO ES UN MANJAR PARA MI.

Juro que no sabía que era una extraterrestre.
Sospeché algo raro cuando me soltó de buenas a primeras y sin venir a cuento que su madre era una gitana búlgara y su padre un catador de berberechos de las Rías Bajas, pero atribuí sus prisas por hacerme conocedor de tal dato a mi fama, que siempre me precede, de depredador sexual y cazador de pieles exóticas.

sigue leyendo, no te aburriras….

Sin duda eso fue en realidad lo que les atrajo de mí a los científicos de su planeta. Querían averiguar como funciona un ser humano durante el acto de apareamiento y nada mejor para ello que fichar al número uno en apareamientos frustrados.

Con lo de frustrados hago referencia a que dichos apareamientos no tienen como objetivo principal la concepción, por supuesto. De hecho podría decirse que es el único objetivo que no tienen.

Por el momento, y ahora me pongo en mi lugar justo cuando abandonábamos el modernísimo club abarrotado de bohemios sin talento y ejecutivos gays, lo único que percibía eran dos atractivos brillos ambarinos bajo onduladas guedejas escarlatas y, bajo el vestido de desconcertante floreado- luego me dijo que sus emisarios no habían sabido darse cuenta de la diferencia terrícola entre un vestido de día y otro de noche- unas formas múltiples, suaves y sinuosas a la vez, como la culata de mi Beretta.



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De allí (para ser breve y elíptico y así facilitar su masturbación, queridos lectores) me trasladaré a la cálida luz de mi alcoba, y corpóreamente sobre la susodicha alienígena. Cerrar los ojos e imaginar que estábamos en mi cama y yo saboreando sus carnosos labios -rellenos de una sustancia solo parecida a la silicona, el “aslagad”- así es su trascripción fonética más básica. Claro, resulta inútil para un humano intentar aprender el verdadero y remoto término con sus 353 variantes universales y las 250 teclas de las que consta el aparato vocal autóctono, impronunciable para el más pintado, vamos-, que según su dueña luego me explicó, aplican allí en su tierra (es un decir, pues su planeta es 100% líquido y gaseoso) para afirmar carnes, aunque también las dota de sabor, pues los habitantes de su civilización obtienen durante el coito un placer sexual extra de la deglución de sustancias artificialmente corpóreas. El sabor más popular es el de arándanos pero el que yo probé era de frambuesa, aunque en un primer momento lo achaqué a su lápiz de labios. Naturalmente luego supe que no llevaba.

El caso es que sus labios eran embriagadores y provocaron en mi una erección instantánea. Besé sus pómulos sofialorenescos y sus párpados alados mientras mis manos hacían pié con presteza sobre sus senos plenos y mientras me situaba estratégicamente entre sus piernas comprimiendo mi barra de carne rellena de horchata contra su vientre, más humidificado -me vanaglorio de ello- que el Muro de las Lamentaciones.

Al tiempo que mi lengua repasaba cada una de sus facciones adorables, con sus dedos de manos fuertes y uñas cosquilleantes acariciándome el lomo mi pene empinado iniciaba un ligero movimiento excavatorio sobre su tripa -luego averigüé que allí tienen el cerebro y que con mis incautos contoneos no conseguiría más que provocarla una terrible jaqueca que la duraría toda la semana (en horas terrestres, claro)- con la intención de propiciar el acople inminente en su fangosa cueva.

Pero antes quería catar la única perla cuyo sabor seguramente su padre no había conocido jamás. Y con tal propósito me deslicé entre sus muslos alzando la primavera de su falda y dejando al descubierto… ¡Dios mío lo que dejé al descubierto..!! pues donde debía encontrarse su vagina dotada o no de su correspondiente Monte de Venus. Monte de Venus si, aunque más que de Venus parecía de otra galaxia. Era de color anaranjado y la carne que lo coronaba se volvía violácea conforme se hacía erógena. Pero allí donde la parte erógena se vuelve genital, donde todas las mujeres que yo conocía disponen de una entrada vaginal franqueada por sendos pares de labios mayores y menores rematados por el chisguete de un clítoris, ella solo contaba con una vulva terminada en un tubito carnoso y flácido como el pitorro de un globo desinflado o como un cordón umbilical ligeramente mal ubicado.

Entonces mi amante se puso a llorar -en su planeta se llora por nada, todo hay que decirlo, es una costumbre social de buen gusto- y me confesó la realidad (vamos¡¡, por si mis dudas ya no se hubieran despejado), que ella era una extraterrestre, una enviada del Planeta.. llamémosle Tal para evitar suspicacias de diplomacia intergaláctica, (la verdad es que no me acuerdo del nombre) y querían experimentar conmigo, como ya expliqué más arriba para no aburrir con el suspense, sobre la sexualidad humana para entender su funcionamiento y averiguar si era posible el acople entre un terrestre y una hembra de su planeta.

Ahí ya me picó. Sin hacerme cuenta de ascos ni alienaciones saqué pecho y espada y la conteste mudo que por supuesto que era posible, y más pintiparado que un mono me dispuse a mancillarla, aunque no sabía como. Amablemente, me indicó que debía introducir mi falo en el tubito que a su vez era un falo femenino -pero hueco- para recibir el masculino que debía escupir dentro de ella el jugo del placer, más tarde, para expresar su satisfacción la hembra cantaría una sencilla melodía, pues al contrario que los humanos, aquellos especimenes tenían unas cuantas cuerdas vocales de más en sus órganos sexuales y solo podían decir una cosa con ellas, la tal melodía que mi amante interpretó para mí y que sonaba como una cancioncilla tirolesa, mas o menos así “Halailooooooo, halahoooo, laraylooooo…”.

Pero antes de poder oírla como reacción natural al orgasmo, antes incluso de iniciar el coito debía de soplar justo a su falo para estimularlo y hacerlo -ejem¡, aunque el término sea paradójicamente equivoco- eréctil y dispuesto a su penetración.

Así lo hice. Sople como un condenado o como si lo hiciera en un test de alcoholemia y el falo femenino me correspondió poniéndose duro como -¡Dios me perdone!- una polla monda y lironda. Luego, sin darle mayor importancia, cogí el apéndice con dos dedos y metí mi verga -que curiosamente seguía enhiesta- en su negro orificio acomodándola en sus paredes y procediendo a continuación a bombear como en cualquier polvo humano que se precie. Debo decir que el interior de la señorita era sumamente gustoso y que su sexo recubierto con aquel guante de carne respondió con exquisita educación no solo a mis acometidas sino también a las suyas pues al disfrutar cada uno de un genital protuberante debíamos alternar nuestras embestidas en turnos de cinco.

De pronto me encontré follandome a mí mismo. Ya que al parecer -y sin parecer que valga, es un hecho-, los naturales del Planeta llamémosle Tal, pueden intercambiar puntos de vista literalmente durante el apareamiento. Así nuestras perspectivas trocadas, ella era yo y yo fui ella durante unos momentos. Cosa que me asustó, de verdad, lo confieso. Verme mover el culo como un macaco desquiciado con los ojos abiertos y la boca babeante mientras metía y sacaba -por otro lado, portentoso- miembro dentro y fuera de mí, me produjo una sensación cercana a la nausea. Sin embargo, los motivos de mi partenaire eran buenos y nobles pues quería que experimentara y disfrutase el orgasmo de su raza (1.345.657.456 veces más potente que el terrícola) – y eso el femenino, el masculino se ve que ya es la polla- . Y en eso estaba, por que ya notaba los efectos del clímax y me entregaba desprejuiciado a mi primer orgasmo femenino extraterrestre, que iba a suponer sin duda la experiencia más alucinante de mi puñetera vida. Y sin duda la hubiera gozado como era debido si al gilipollas de mí mismo no le hubiera dado por salirse de repente de mí y eyacular toda su apresurada carga en mi puta cara. ¿No se pudo esperar a que yo me corriera antes?. Y así, en vez de probar por primera vez lo que era un orgasmo de mujer – alienígena, pero mujer al fin y al cabo- probé el sabor de mi semen también por primera vez.

Eso me jodió lo mío, así que saqué rebuscando entre mi ropa que me había quitado sin cuidado alguno, mi Beretta y la pegué (sin pena ningúna) cuatro achuchones a sus tetas en lo que me dijo que era su cerebro y yo creí que era su estómago. La evité la jaqueca.

Y ahora canten todos conmigo. “Halailooooooo, halahoooo, laraylooooo…”.

Y despues de esto, que mejor cosa que buscar una chica terrenal y disfrutar de todos los placeres de la vida. Satisface todas las fantasias que tengas. Ella lo hara todo por ti. Pulsa el banner de abajo y dejate llevar




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